Subí corriendo las escaleras del primer piso, el edificio que tanto conocía y que tantas veces había visitado tenía una de las sorpresas más agradable que el arte me había proporcionado a lo largo de mi larga vida; allí te había encontrado plasmado en un lienzo casi hace diez años y me interesé tanto por el personaje que se retrató en su día que había muy poco que no sabía de ti.
El calor se había quedado fuera y llegué fragante a la primera planta, dos salas y ya me encontraba frente a frente con ese enigmático personaje que tanto me sedujo en la primera cita. Después consulté libros y más datos hasta dar con quien era ese hombre que altivo se mostraba en el lienzo. Estoy frente a ti y curiosamente hoy encuentro una expresión nueva en tu rostro, parece como si estuvieses en relieve. Casi quiero levantar mi mano para acercarla a la pintura pero mi intento queda en nada porque se vigila el lugar como corresponde. Casi una sonrisa dibujo en mi rostro como diciéndote que “ya te conozco, ya se quien eres”… Y no puedo evitar sentir una gran satisfacción por saber el nombre y el apellido de ese noble cortesano inglés que me sigue mirando con extraordinaria naturalidad desde los brochazos limpios de la escuela de pintura de su tierra.
Me doy media vuelta y bajo por las escaleras; allá en el salón de entrada se arremolinan un grupo de ingleses, compatriotas tuyos, que viene a visitar el museo con guía propio; ahora le contará toda tu historia, tus amores y tus secretos. Mientras bajo noto cierto olor especial; ese mismo que se rebela cuando va ocurrir algo especial en mi vida. Flores marchitas de nuevo, siento que algo importante va a ocurrir y cuando traspaso la puerta de entrada del museo me doy cuenta de que he atravesado de nuevo la puerta del tiempo. Los carruajes circulan por el Paseo con el agravante de que el museo no es tal sino un domicilio particular, me dirijo hacia la reja de entrada y veo como un carruaje con caballo negro espera en la misma entrada. El cochero me saludo cortésmente y me abre la puerta del carruaje y al intentar entrar mis ojos se quedan clavados en el asiento trasero de la cabina de madera oscura. El, tu estás allí sentado esperándome. Una sonrisa ilumina tu rostro cuando me siento a tu lado seguramente con la palidez dueña de mi rostro por la emoción y por los nervios.
El coche se traslada por un Paseo del siglo XIX, las damas lucen sus modelos largos que limpian el suelo y el barullo de coches de caballos, y personas no entienden a semáforos ni a ninguna norma de tráfico. Vamos hacia la antigua estación, curiosamente yo que la conocí aún estado en funcionamiento la vuelvo a ver como hace cuarenta años. Los trenes de madera se acumulan en sus raíles con las máquinas echando vapor…
El coche acomete la cuesta que lleva hasta los Jardines donde pasean los hombres y mujeres que ya yacen bajo losa… qué ha pasado, qué tiempo? Se para el carruaje y te bajas abriéndome la puerta por entero mientras me ofreces tu mano para que me apoye mientras desciendo los tres escalones del coche que quedan ocultos cuando se cierra la puerta. Y del brazo vamos paseando uno junto al otro como una pareja más. Tus manos, bellas manos se cruzan una con la otra ante la levita y el chaleco rojo con reloj de oro que se balancea con cada paso de su dueño. Y casi de reojos veo tu rostro con una sonrisa hermosa… qué estoy viviendo?.
Al llegar al lago te paras y me ofreces el banco, me siento y una de tus manos acaricia mi mejilla no si antes mirar a un lado y a otro, pues la época no ve bien esa demostración de amor en público. Dios quien eres?… me enamoras tanto ¡
Y te levantas con firmeza y te pones frente y el gris de tus ojos se hace dueño de mis deseos… ay de mí que caigo en el infinito como siempre muerta con unos ojos así. Y me dices:
“Ya era hora de que yo te invitara a dar un paseo por mi tiempo, al fin y al cabo siempre vienes tu a mí; ahora se ofrezco el paseo que siempre deseo bajo una firma de entrega de mi alma a los infiernos”.
Me levanté de pronto y frente a él negué cien veces que hiciera esa trato.
“No importa respondió, al fin y al cabo ya estaba condenado antes de conocerte quizás porque no te pude conocer en mi tiempo; era un hombre amargado”
Caminamos unos pasos y detrás del viejo olivo, los dos rostros quedaron tan cerca que pude percibir el aliento a almendras que salía de su boca. Tanto tiempo esperando, leyendo sobre el y ahora le tenía en carne y hueso frente a mí, cara a cara… y el beso. Qué beso que en el tiempo ha quedado suspendido, abarcando el puente que hay entre su siglo y el mío. Mil latidos dio el corazón del amor que en su reloj está prendido y quizás por esa razón tomó la cadena de oro y en mis manos puso su regalo; precisamente nuestro enemigo ahora sería mío. El reloj regalado entre siglos.
Volvimos por el camino hasta el carruaje, el cochero nos dio el saludo a medida que abría la puerta y los escalones caían al suelo mientras mi mano en la suya reposaba, queriendo quedarse siempre con el, qué pena Dios mío¡
Y el camino desandó, llegó de nuevo a la gran mansión, me bajé y al volverme casi me coge el autobús repleto de turistas que hace su recorrido…. se ha ido.
Y de vuelta a mi hotel el reloj en mis manos reluce como oro recién pulido… curiosamente no se había parado, siguió su camino.
**Capítulo 6º de Mi Memoria Histórica: Experiencias.
*El inspirador se encuentra en el Museo Thyssen de Madrid (primer piso)

DAMADENEGRO 14/5/2009


