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OLOR A VINO

Publicado en mi vida con etiquetas el octubre 23, 2009 por DAMADENEGRO

Calles empedradas con el tenue tono de aquellas farolas con firma sevillana que adornaban los viejos cascos antiguos de las ciudades andaluzas de los años 60´s después de caer el sol por detrás de la loma.

Viejas tabernas que olían a vino jerezano, donde los toneles daban su decoración monocolor a un reducido recinto en que la barra se convertía en confesionario personal de quien confesaba su asqueada vida entre toma y toma de manzanilla de Sanlúcar o fino peleón. Tabernero que se afanaba en limpiar la madera que servía de barra con un paño que difícilmente nos daba algún color definido; cuántos pases tendría ese pedazo de tela ¡Y el mosquitero de la bombilla se empañaba con la más variada fauna volandera que se acercó un día demasiado a la luz.

Y la mano familiar que nos daba tres pesetas para que fuésemos a comprar vinagre pero pidiéndolo desde la ventana, sin entrar en el antro y con la botella recién fregada en la mano. Pero la curiosidad pudo aquel día en que el descolorido ventanal con cristales opacos de la suciedad acumulada fue adornada con un rostro juvenil, con ojos dulces y sonrisa de ángel me preguntó qué deseaba. Me quedé colgada en mis palabras y la botella de cristal. Me volvió a repetir qué quería y no lo pensé dos veces; un momento dije y di la vuelta a la esquina para buscar la prohibida puerta.

Y allí le encontré saliéndome al paso, con un vaquero raído y una camisa de cuadros; su sonrisa dulce y franca me fascinó allí donde todo era oscuro  y rancio. Hasta el cante entrecortado de un borrachín del fondo quedó apagado con la voz de este chaval desconocido que me salió al paso con “soy el sobrino de Pepe, está en el médico y le estoy ayudando con la tasca”.

Y en la puerta me quedé mientras él raudo me puso las tres pesetas de vinagre en la botella y se dejó caer en el quicio de la puerta mirándome fijamente.

- Vives aquí al lado verdad?, con tu abuela supongo, y vienes en vacaciones o en verano aunque estás con tus padres en Cádiz durante el curso. Te he visto muchas veces cuando entras o sales de la casa-puerta de aquí al lado. Y algunas veces me siento en la alamedita y miro el balcón del centro y allí estás entre visillos escondidas escuchando la radio o quizás cantando algo; también te he visto abrazando a tu primo cuando sé que todos han salido y los dos solos estáis.

Me quedé muda, tan bien estaba enterado de todo lo que hacía que no sabía que decir. Y los vestidos que llevaba en esta ocasión o en aquella. También se notaba un poco enfadado con la relación que presentía con mi primo y me sentí un poco enfadada con esta revelación de observación que había sido sin saber nada del asunto  ni de la persona.

Jose, que así se llamaba se mostró muy cariñoso aunque el lugar no era propicio para una escena amatoria o de cortejo a la antigua usanza. Y me pidió quedar una tarde para poder hablar tranquilamente de nuestras vidas, no lejos, aquí mismo en la alamedita. Bueno dije y me volví a casa.

Pocos días después me lo encontré en la calle cuando volvía de casa de mis tías, me paró al paso, me preguntó por salir, le dije que  no podía, me contestó que si era por mi primo, le contesté que no, me dijo que me arrepentiría de no haberlo hecho. Y le miré con fijeza quizás queriendo quedarme con sus rasgos. Era un chico guapo, pues sí y tenía unos bonitos labios. Quizás me adivinó los pensamientos y en un rincón me escondió para besarme aunque supe reaccionar; y salí corriendo para mi casa con esa duda de sentirme o herida o quizás orgullosa de ser objeto de pasión. Bueno, aquí quedó.

Seis años después nos volvimos a encontrar cuando yo visitaba la ciudad pocas veces ya que mi abuela había muerto y a mi amor se lo llevaron por los caminos de los ángeles. Había estado estudiando fuera de la ciudad, ahora trabajaba como auxiliar en un gabinete que resultó ser también de un familiar mío. Nos paseamos por la calle, nos sentamos en un bar  para tomar un café, después quedamos para el día siguiente: bailamos en una boîte de  moda por aquellos años; no dimos algunos besos  retrasados y nos separamos para siempre, nunca volví a encontrármelo.

Todavía la casa de la abuela está en pie y allí en la esquina de al lado, el local de la tarbena está con maderas cerrado, corroído por el tiempo, sin rejas y en aquella ventana con telaraña adornado se escucha el triste cantó del borrachín de turno que nuestra conversación animó en el pasado.

* En memoria de Los Tiempos Pasados.

**Capítulo 2º de Mi Memoria Histórica: niñez y adolescencia.

DAMADENEGRO 23/10/2009

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