Le llamaban “el pájaro” y estudiaba magisterio allá por los años 60´s y se convirtió en aquel preciso año en el alma de la zona estudiantil del viejo casco antiguo. La plaza de la Catedral, la calle Cobos, la calle Santiago y la plaza de Candelaria formaban parte de sus andaduras cuando no estaba estudiando en la escuela de magisterio donde también era famoso por su físico y por su simpatía. En la habitación que compartía con tres compañeros de estudios tenían posters de chicas guapas y famosas de las series de aquella época y el balcón era invadido cuando el autobús de mi colegio nos traía o nos llevaba hasta Puerta de Tierra en los desplazamientos diarios. Era ya casi un protocolo; aparecíamos por la esquina y los chicos de magisterio llenaban el pequeño balcón con sus risas y su alegría.
Un poco de tiempo más tarde, el rubio y alto estudiante venido de un pueblo de la sierra y que debía su apellido alemán a cierto lío de familia estaba en la casa-puerta de su pensión y casualmente yo ese día iba sola… cosas de la casualidad. Cuando pasé a su altura sentía el corazón latir más deprisa…. por qué? , pues porque me gustaba un montón. Pero cuando le vi a ras de suelo me di cuenta que le llegaba a medio pecho; caramba medía cerca de dos metros¡¡
Se puso en medio de la acera y me cerró el paso, al principio tenía los ojos clavados en el suelo y después los levanté como pidiendo una explicación a esa postura tan infantil de no dejarme pasar. Con una sonrisa que iluminó su rostro e hizo destacar los ojos color mar en ese bello semblante me dijo: me llamo Pablo y tú Rosario a que si?.
Se sabía mi nombre y también donde vivía, que era hija única y que tenía muy buenas notas que salía los sábados por la tarde al cine con mis amigas y que no se sabía oficialmente si tenía novio………….. pasmá me dejó.
Casi 14 años y él 16 ya me dirán que podíamos hacer con ese panorama: liarnos pues.
La primera cita fue en sábado por supuesto, los demás días no había tiempo entre colegio mañana y tarde y después las tareas y las lecciones. Me esperó en la esquina de mi calle con la plaza Candelaria; casi me caí de la impresión cuando le vi con el pantalón gris y el jersey cocodrilo azul cielo. Nos fuimos juntos por medio de la plaza y allí me di cuenta la diferencia de altura que teníamos si hubiese ocurrido 10 años después los tacones y las plataformas hubieran disimulado tal diferencia; sin embargo a el no parecía importarle, es más yo diría que le parecía tan frágil a su lado que se deshizo es piropos y cariñitos palabreros esa tarde.
Nos dimos una vuelta por la calle Ancha y la plaza Mina, lugares oficiales de los paseos de los jóvenes entonces y naturalmente nos miraron, nos cuchichearon, nos rumorearon y llamaron a mi madre para decirle que su hija de 14 años iba con un rubio de mareo por la calle principal de la ciudad. Nos sentamos en un banco de la plaza donde disimuladamente el puso su brazo en el respaldar y entre movimiento de cabeza y miradas a los alrededores sentía como mi pelo rozaba su brazo medio descubierto por el arremangado del Lacoste…
Pablo era simpático, formado y con un sentido del humor colosal. Me contó toda su vida y se metió en la mía de una manera casi pirata. Me gustaba como reía, con esa enorme boca que dejaba una dentadura perfecta y que también hay que decirlo, poco tardé en besar. Pablo era muy besucón. Y a mi me gustaba pero cuando estaba sentada… de pie me sentía un poco ridícula andando de puntillas. Besos jóvenes que saben a novedad y a alegría… qué bonitos son los besos a esa edad.
Transcurrió el curso, completo con Pablo que cada sábado me acompañaba en los paseos e incluso se atrevió a colarse en la Parroquia de San Agustín para asistir a misa conmigo. Eso ya eran palabras mayores, pues la misa era algo muy serio como para que una niña de 14 años ya fuera acompañada por quien era considerado novio oficial.
Y llegó julio y llegaron los exámenes finales y llegó el final de curso y Pablo se tenía que ir con el agravante de que el próximo curso ya no estaría en esta ciudad. La despedida duro varias horas en el callejón solitario que une las dos catedrales de la ciudad, con los colores en la cara y despeinada bajé los escalones que llevaban hasta la plaza y dirigirme a mi casa con las lágrimas asomadas a mis ojos. No vería más Pablo…..
30 años después en una calle de Madrid, centro de museos, centro de cultura y mientras observaba a esos descarados pájaros que andan por los jardines de la ciudad entre el ruido de una tráfico endiablado, una mano se puso en mi hombro, me volví y de nuevo unos ojos azules como el mar me volvieron a marear… Pablo?… si soy yo Rosario…
Nos perdidos por el paseo del Prado, teníamos tanto que contarnos y ahora no había tope de tiempo porque teníamos toda l a eternidad…
** Dedicado a Pablo, el vigilante de la calle Cobos.
**Capítulo 2º de Mi Memoria Histórica: juventud y adolescencia.
DAMADENEGRO 19/1/2009



