Hacía mucho que no iba a mi casa del campo, ese campo que durante mi niñez me trajo tantos momentos agradables, cuando la abuela preparaba las enormes tortillas de patatas y nos hacía comer en el porche bajo la higuera. Y me acordaba de aquellos días de invierno, cuando la chimenea de la sala que nos servía como habitación de estar, jugar, sentarnos y charlar y echarnos las cartas, se hacía roja con los leños ardiendo y dando calor a las frías noches del invierno. Esta casa para mí era especial, fue el legado de mis antepasados y la verdad es que hasta ahora, pocas veces he podido disfrutarla a mis anchas.
Compartía llave con mi prima, las dos que fuímos designadas por la abuela como propietarias antes de morir ella. Naturalmente esto levantó la polémica familiar y estuvimos años y años luchando legalmente para que los deseos de la abuela se viesen respetados tanto por una parte como por otra. De este modo las dos fuímos designadas dueñas y señoras de la casona familiar, que con sus eucaliptos dan sombra placentera en los días del verano caluroso de Jerez y en invierno nos hace arroparnos para poder pasear por los caminos llenos de hojas que no nos llevan a ninguna parte.
Había ido porque sé que este invierno es diferente, circunstancias personales y familiares me van a hacer pasar más tiempo en esta casa y por supuesto que estaré más tiempo en ella ya que siempre me han gustado los inviernos en el campo; por lo menos en este campo que tiene el sabor especial de ser parte tuya y encierra muchos recuerdos.
El coche me dejó en la puerta y aunque en la misma ciudad ya, rodeada de casas adosadas, pero conservando la intimidad que siempre se ha adueñado de ella, la casona me recibió con los brazos abiertos. Tenía mucho que preparar sabiendo que este invierno será algo especial… quizás todos los inviernos sean especiales para mí desde hace algún tiempo. Una bolsa de viaje me acompañó hasta la puerta que naturalmente tuvimos que poner en sustitución de la vieja, los tiempos no acompañan a esos viejos portones que pueden ser fácilmente abiertos. Este no puede ser abierto por nada ni nadie en este mundo y teniendo en cuenta que la casa está construída en piedra, creo que va a ser dificil que nadie intente nada por interrumpir el silencio que hay en ella, incluso cuando yo moro en su interior.
Adoradora del silencio como soy, dejé mi equipaje de fin de semana en el salón, que ahora luce en rojo, con múltiples cojines colocados en los rincones de los sofás granates también. Siempre he adorado estos ambientes confortables, donde acurrucarse del frío y la comodidad de los butacones grandes y mullidos. Tantos recuerdos vienen a mi mente en estos días de pronta llegada del invierno, porque precisamente era la estación que más me hacía estar en esta casa. Al calor de la leña y a la luz del fuego.
Fui a la que siempre ha sido mi habitación, incluso conserva la enorme cama que arropó mi cuerpo infantil haciendo que casi desapareciese en la inmensidad de su colchón de lana, almohadas de encajes tejidos a mano por la abuela y ese aroma de Heno de Pravia que era el olor de mi hogar. Tiempos pasados que ahora se reviven en mi alma porque sé que este invierno reunirá todos los ingredientes necesarios para conseguir vivir mi vida de una manera distinta. Más personal diría yo.
Las tres puertas que dan a los dos cuartos de baño que aún conservan en sus toalleros las sábanas blancas tejidas con bordados a mano de la abuela, y el espejo casi nuevo que me devuelve la imagen de aquella niña que se empinaba en el lavabo para verse en él; ahora me devuelve en cambio, la imagen de una mujer madura y mágicamente mi parecido con la abuela se va haciendo cada vez más grande, más personal; quizás yo también haya escogido no tapar mis canas, no cortar mi cabello para que se recoja en un moño alto o bajo como lo llevaba ella. Quizás sea el homenaje más personal que puede hacerle la persona de la familia que más se parece físicamente a ella; y pienso que mentalmente también, siempre fue una persona adelantada a su tiempo, una mujer independiente y culta.
Una puerta permanece cerrada, aquella que servía de dormitorio a mi abuela, siempre sentía como una emoción especial al entrar en esa habitación. Las cortinas de terciopelo rojo a medio correr, los visillos de encajes que ella misma hizo, la gran butaca que le servía de reposo mientras bordaba, hacía bolillo o leía un libro. La cama de metal, que aún ni siquiera se ha puesto negro. Esas bolas doradas que servían de corona a cada esquina de esta cama casi imperial, coronada por un cuadro de dos rosas pintadas en la cabecera. Roja y amarilla las dos servían para presidir la enorme habitación. Las mesillas con fotos de sus nietos pequeños, la lámpara que daba una luz casi de penunbra en la habitación que tiene el suelo de ladrillo antiguo rojizo, detáncando con la blancura de las paredes, que rinden homenaje a cada momento de su vida, de su corazón y del mío que muchas veces eran los dos uno solo.
Abro aquella enorme ventana, con rejas protegida de deseos de profanar lo que privado es. Un fresco casi otoñal entra por ella, cubriendo la habitación de miles de reflejos a hojas amarillas, esas que lucen en los árboles ya. Las que pronto caerán hacen del paisaje hermosura y ese olor a tierra mojada, acabados de regar los grandes macetones de geranios rojos, blancos, rosas y no sé cuantos más.
Cierro de nuevo la gran ventana y también la puerta que a esta habitación deja en la soledad. Busco en mi habitación cosas que otras veces me haya dejado olvidada. Coloco la ropa que he traído esta vez para poder pasar unos días de descanso, en este otoño entrado ya.
Casa de mi niñez testigo, ahora te has vuelto prodigiosamente decorado de mis días venideros, muchos o pocos, quizás. Trataré de disfrutarte lo mismo que hice antes, cuando no había ningún problema en esta vida que ahora está llena de experiencia, conocimientos y de vivencias, quizás sea el lugar al que venga a morir, porque hasta la muerte se vuelve hermosa acá. Como cuando siendo una joven ví entre los cipreces y eucaliptos llevar a la mujer que hizo de mi niñez un tiempo dorado en el que supe venerar los valores necesarios para que nadie me pudiera dañar ni yo hacer daño a quienes aunque queriendo profanar lo intentaron, este testamento que una mujer de pelo blanco me legó hace miles de años ya.
Cierro el portón blindado, enciendo la luz del salón, corro las cortinas de terciopelo y en aquel sillón de respaldo alto dejo mi mente volar….. que tiempos aquellos…. que tiempo me quedará? ..
***Dedicado a mi abuela Rosario quien como su nombre indica, desgranó en cada cuenta una enseñanza buena para mi vida en particular***
**Capítulo 7º de Mi Memoria Histórica: Actualidad



