Aquellas calles del viejo Londres me hicieron temer; la sombría callejuela se perdía en una plaza llena de cartones donde dormitaban dos mendigos. Era para pensar en salir corriendo pero la invitación del viejo profesor era mucho más tentadora que todo temor. Difícil me había resultado arrancarle una cita y ahora que lograba tener un poco de su tiempo para poder compartir algo de su sabiduría no iba a salir corriendo como una miedica por un poco de porquería en la calle cuando estaba acostumbrada a estar en lugares más perdidos que éste; Londres aunque oculto es Londres y a pocos metro tenía la calle llena de gente del viejo barrio.
Qué me iba a encontrar en esa casa?…. un viejo secreto escondido que muy pocos sabían pero que a mi me había estado martilleando la cabeza desde hacía muchos años. La base de muchas leyendas extendidas sobretodo por el centro de Europa donde el viejo profesor había vivido parte de su vida precisamente buscando este acontecimiento; la sangre es vida siempre había dicho emulando a uno de sus escritores favoritos.
Di con el número de su casa, el siete (mi número favorito). Apreté el viejo timbre y pareció que toda la casa se estremecía con su ring. Una figura se fue dibujando en los cristales que conformaban el marco del portón y la vieja puerta crujió con la lenta apertura. Mi viejo profesor lucía sus cabellos blancos alborotados como siempre; es curioso que este hombre siempre estuviese igual, no estaba más viejo a pesar de su edad y de los años que habían pasado desde la última vez que lo vi en la universidad. Sus clases eran tan interesantes que me unió una gran amistad a él alimentada en los rincones de los viejos bares de mi tierra; en los cascos antiguos de las ciudades milenarias, con tanta historia como este hombre que ahora me invitaba a su hogar londinense donde siempre había vivido, salvo el tiempo que estuvo en mi país dando clases de filosofía.
Pase a la salita pequeña bien decorada aunque con muebles de hacía un siglo; era como ir atrás en el tiempo. Me senté junto a la chimenea que crujía con los troncos hechos llamas y miré el rostro del viejo profesor con tanta curiosidad que no tuvo más remedio que decirme: “ten un poco de paciencia”.
Me dio una carta para que la leyera, mis ojos se fueron abriendo ante la revelación de ese hombre con nombre y apellidos que le escribía al profesor y que se ofrecía a visitarle en su casa para que ambos tuviesen charlas sobre el asunto de la sangre que tanto anhelaba el profesor; este hombre del centro de Europa era transportador de una raza especial de seres que vivían solo de sangre, eran eternos y habitaban en la oscuridad aunque se paseaban muchos de ellos por las grandes ciudades, eso sí siempre a la sombra aunque podían vivir durante el día debidamente protegido del astro rey.
Mis ojos se clavaron en el viejo profesor después de leer la misiva y una pregunta tras otra fueron saliendo de mi garganta como si me fuese la vida en ello. De verdad había encontrado la raíz de la leyenda?, de verdad existían los vampiros?.
El viejo profesor se levantó y batió en el aire un cordón que caía junto a al chimenea; unos pasos me alertaron de que alguien estaba bajando la escalera de madera que comunicaba con el piso superior. La puerta se abrió y unos ojos medio azulados y negros entraron en la habitación como si precediesen al cuerpo joven y bien formado del hombre visitante. Una levita gris, tan de moda en estos tiempos, pantalones negros y camisa de raso negra. Su cabello negro brillaba con los rayos de las llamas, y el viejo quinqué iluminó un rostro que para nada tenía que ver con la muerte.
La sangre es vida me dije para mis adentro. Vida…. me repetí como si quisiera comunicar mis dudas y mis preguntas al nuevo ser que había entrado en mi vida. Y las manos se unieron en un saludo como salido de una vieja postal amarillenta por el tiempo transcurrido. Las suyas estaban frías, frías pero con vida pues la sangre bullía por las venas que se dejaban entrever bajo su piel. La sangre es vida.
Ocupé de nuevo el viejo sillón y el se sentó junto al profesor sin que sus ojos se apartaran de los míos ni un solo segundo. Hablamos muy de seguido casi sin mirar el tiempo que pasaba en el viejo reloj de pie que se sacudía el polvo cada vez que daba los cuartos y pasaba también en la charla que se iba entonando con la entrada a fondo del tema que nos interesaba. Una pregunta salió casi sin pensar de mis labios: de verdad vives solo de sangre?.
Su mirada se clavó en mis ojos, quizás se desvió un poco hasta mis manos que posaban en el viejo butacón. Se muy bien que un brillo especial los dominó cuando vieron las venas que con poco disimulo se notaban bajo mi piel en las muñecas.
Es mi sino, dijo con media voz y el profesor se levantó nervioso porque sabía que estábamos entrando en el camino más peligroso del tema; se puso a mi lado mientras yo lanzaba una nueva pregunta: Matas para vivir?…. No mato nunca, simplemente tomo sangre de quien me la ofrece sin hacerle ningún daño y otra que la compro.
Se puede tomar sangre de algún cuerpo sin causarle daño?…. se puede, simplemente me ofrece algo suyo y lo tomo para seguir viviendo. No hay problemas con la persona que pierde la sangre?…. nunca si no se llega a cierto límite.
Quiero participar en este asunto dije sin pensar…. los dos hombres me miraron con cierto temor y sorpresa. Y me fui al lado de este hombre extraño y apasionante.
Le ofrecí el brazo, sus ojos brillaron de deseo cuando sintió el pulso tan cerca…. le volví a ofrecer el brazo…. toma un poco, le dije. Y ante mi insistencia cogió mi brazo y en un gesto de sorpresa por mi parte, lamió la parte interna de mi brazo, como un cariño animal, como el gato se limpia las manos después de una sesión de comida. Su lengua era tibia, de difícil definición, áspera pero suave a la vez y que transmitía un deseo sexual innato…. aquello se estaba convirtiendo en un peligroso juego. Tres lamidos más cuando sus dientes se clavaron en mi carne, curiosamente sin dolor y sentí como si mi alma se fuese de mi cuerpo, una ingravidez me poseyó de repente que hizo tambalear mi cuerpo.
El profesor me sostuvo y eso me dio fuerza, seguí allí de pie esperando que mi extraño acompañante dejara mi brazo; en un momento paró y sus ojos hasta ahora cerrado, se abrieron dejando sus pupilas blancas a mi vista. El horror se apoderó de todo mi ser y sin embargo, el profesor me sostuvo más fuertemente para darme valor. Y unos minutos después su desgarro se convirtió en beso dejando dos señales ya cicatrizadas en mi brazo.
Los colores aparecieron en las mejillas marmóleas de mi acompañante y sus ojos tomaron un azul intenso bajo los fuegos de la chimenea.
Me dejé caer en el sillón, era como si hubiese andado mucho, estaba cansada. El profesor se puso a mi lado, no te preocupes, pasará cuando te repongas lo mismo que cuando donas sangre.. es lo mismo.
El profesor se perdió por la puerta, y este hombre joven se levantó poniéndose a mi lado también: volverás?… no lo sé dije a media voz. No te olvidaré, continuó …y deseo estar más tiempo a tu lado. Ya sabes que existimos, estamos en todos lados, pero no somos asesinos, solo para quien lo quiere. Tu lo quieres o lo has querido y yo te lo he dado. No me temas, simplemente soy un hombre de menú poco variado.
Sus labios rozaron los míos en un cálido beso. Mas se volvió salvaje y lleno de deseos y sin embargo, no se aprovechó de mi momento de debilidad. Y me fui alejando de su lado perdiéndome en la puerta de entrada sin ni siquiera despedirme del viejo profesor; ya sabía lo que tenía que saber y no quería saber más.
Me perdí por la sombría calle….
Bajé sin dudar los escalones de la mazmorra, aquella que permanecía cerrada desde hacía años, pero el profesor quiso enseñarme algo de sus nuevos descubrimientos; uno de tantos que encontró en sus viajes al centro de Europa, un lugar escondido donde estaba quizás su más querido tesoro.
Los escalones se me antojaban cada vez más anchos, un olor a humedad empañó mis pensamientos mientras poco a poco llegaron a mis oidos un susurrante tonillo como si alguien cantara una canción bajito.
El profesor miró para atrás queriendo iluminar mi camino que se fue haciendo cada vez más pesado y esa pesadez se fue adueñando de todo mi cuerpo y casi de mis pensamientos. El tonillo se fue haciendo tenue, rutinario y casi un letargo en mi mente.
Terminaron las escaleras, la luz apenas daba una imagen clara de lo que allí abajo se ocultaba, la canción se fue haciendo más melódica. Y el ambiente se llenó de un olor especial a flores marchitas. Vi algo moverse al fondo, parecía una reja…
“Ven a mi, amor de mi vida, ven a poseerme, ven a liberarme de las ataduras”… la canción se hizo eco en mis oídos y en mi corazón…
Y allí tras la reja unos ojos felinos miraban, se esparcía su luz por todos lados, “ven a mi, te daré la vida”…. Y el azul metálico de esa mirada apasionada me fue poseyendo por segundo… “ven hazme tuyo otra vez para la eternidad”…
Sin saber la razón me fui acercando cada vez más, atrás quedaba la voz del profesor … No lo hagas ¡¡¡¡ …. “ven a mi, a mi”… y esa mirada de ternura que me ofrecía ramos de rosas marchitas.
Llegué hasta la reja, afiladas manos blancas como el mármol trataban de hacerse hueco entre las ranuras… “ven a mi, ven a mi lado”….y esa boca suplicante que me pedía….”libérame de mis cadenas, mi amor”.
Y casi rocé su mano con la mía, fría, sin latido… y esos ojos que de fuego parecían; la boca se ofrecía para beso ritual y sin embargo, al acermarme algo más… se fue convirtiendo en ira, y sus dientes blancos se afilaron aún más cuando en mi muñeca y en mi mano sintió la sangre correr… “ven sé mía”….
Y corrí hasta las escaleras, ni pude pronunciar palabra alguna y a lo lejos aún escuchaba.. “ven y dame libertad amada mía”.
**Capítulo 6º de Mi Memoria Histórica: Experiencias




