
El viejo cementerio se arrinconaba en los confines del pueblo, para permanecer escondido de las miradas de todos aquellos que no fuesen oriundos del lugar. Solo algunas viejas solían venir por allí para poner flores en las viejas lápidas que borraban los nombres de sus titulares a cambio de mucha lluvia y arena acumulada.
No sé exactamente por qué fui hasta ese lugar, algo me había llamado en sueños y la visión de un camino con un final en mármol viejo y descolorido hizo que la curiosidad me llevase primero a aquel rincón perdido de la geografía irlandesa y en segundo lugar a buscar un rostro que apareció en medio de mi sueño confortable y lleno de vibraciones.
Parece una contradicción que el decorado fuese motivo de atracción pues bien más parecía que salía de una película de terror en blanco y negro que de un sueño con calor humano. Pero no hice caso de mis contradicciones entre el si y el no. Deje el pequeño hotel que algunas veces me había recogido en noches de lluvia, para dirigirme a ese lugar que ya no era visitado por nadie.
Y tuve que empujar la puerta de hierro mohoso, con algún fondo de lúgubre pájaro que parecía advertirme de un riesgo imaginario. No había sol, la penumbra que dejaban las nubes pasar daba un aspecto fantasmagórico al lugar y sin embargo, no me acobardé, seguí la senda que pasea entre tumbas, hojas secas que ocultan nombres y leyendas y más aún fechas que se pierden en los siglos pasados.
Y allí en medio, mis ojos se depositaron en una fotografía amarilla que resistía en tiempo como podía entre la humedad del suelo y los restos de raíces que querían ocultarla en sus entrañas. Una fotografía que hizo que mi cuerpo quedarse a ras del suelo, mis ojos trataron de adivinar los rasgos del fotografiado, pues era hombre. Y poco a poco la foto fue tomando color, como reviviendo, como saliendo de su silencio de años y años oculta en un viejo rincón. Y esos ojos se convirtieron en faros no de luz pero si de deseo.
Todo fue tomando color, las raíces se plegaron en el suelo, los árboles se remozaron como si hubiesen sido podados horas antes, las lápidas se volvieron obras salidas de manos esculpidas hacía solo semanas y la foto fue desapareciendo poco a poco del cristal que la protegía de los años. Y curiosamente la tumba también desapareció, dejó de existir en ese lugar como si se desmoronara en los confines de las horas. Me encontré ante un parterre de flores blancas que me ofrecían una sonrisa de recién regadas…… qué estaba pasado?.
Pasó su mano sobre mi hombro, me dejó un perfume suave que tienen los cuerpos cuando acaban de lavarse con agua cristalina y jabón espumoso. Aromas de ropas recién planchada, y poco a poco me fui dando la vuelta para ver el brazo que se extendía hacia mí. Y los ojos se clavaron en ese manantial de vida que en tonos verdosos y marrones me miraban para darme un calor corporal inusitado. Me sentía revivir como si la sangre hubiese estado parada por décadas y de pronto se le diera un impuso soberano, haciéndola correr por los caminos de la venas. Sentí un rubor en el rostro como hacía mucho no sentía quizás a comienzos de mi juventud tuve una sensación tal.
Me levanté lentamente como no queriendo molestar con ademanes bruscos la visión entre tinieblas azules que la presencia traía como fondo. Una sonrisa adornó el rostro del hombre, y un calor vital hizo que mi cuerpo se llenase de un aroma a rosas, rosas que aparecieron en mis manos como si acabaran de regalármelas. Y de nuevo la sonrisa inundó aquella marea de belleza que el joven lucía en un lugar que se convirtió en vida donde antes reinaba la muerte.
Me dejé llevar porque no quería romper el relato, me dejé llevar hasta un merendero cubierto de margaritas y me senté a su lado; me cogió las manos y me susurró algo al oído que no entendí. Mi cara tuvo que expresa sorpresa o quizás turbamiento y me repitió muy lentamente dos palabras: te quiero….
Y ese quiero que estaba suspendido en el tiempo pasado, se volvió real, tan real como el roce de los labios en los míos… estaba besando el pasado y me estaba engañando el presente.
Sus manos se volvieron fuertes en mis hombros, se volvieron anclas pesadas que me hacían quedarme frente a el pero también me hacían luchar por volver a la realidad. Quería pero no quería.. todo un reto para el corazón ansioso de deseos.
Y en unos de esos movimientos bruscos, me escapé del lugar, bajé los escalones y de pronto todo volvió a ser lóbrego, sucio, lleno de restos vegetales muertos, las lápidas volvieron a tener nombres, apellidos y fechas pasadas. El camino se lleno de humedad y la tumba que me había inspirado tanto se levantó ante mí ofreciéndome la foto amarilla del amado muerto. Y volví a caer a su lado, mis orillas se lastimaron con el golpe y el roce de tanta rama muerta y allí las fotos que antes se me reveló como vida, permanecía tras su cristal roto, pero los ojos seguían siendo los mismos que me habían enamorado poco antes. Fecha de la muerte, 1912; Dios que de tiempo y aún lo siento¡.
Me volví sobre mis pasos, dejé atrás mi sueño y sin embargo en mi mano aún lucía la rosa blanca que el difunto me había regalado…. un sueño? quizás un deseo que al tiempo ha engañado.
*Capitulo 6º de Mi Memoria Histórica: experiencias.



